El 8 de mayo la prensa informó de la decisión de Patrimonio Nacional de trasladar el retrato de la familia real, que está pintando Antonio López, de su estudio al Palacio Real.
Los medios han resaltado la dilación del artista en terminar la obra y los múltiples cambios que han sufrido algunos personajes tanto en su ubicación como en su vestimenta. Así, El País titulaba la noticia: “Antonio López y el retrato sin fin”, la Sexta: “Patrimonio pide a Antonio López que, tras 17 años, termine el retrato de la familia real”, etc.
El pintor se ha comprometido a terminar su obra en un plazo limitado, eso sí señalando que el cuadro “no corre prisa” y que lo que más le importa es “estar tranquilo con su obra”.

ALopez-7
Temo que la decisión de Patrimonio Nacional no sea la más adecuada y pueda suponer una dificultad añadida a la exigida culminación de la obra antes que una forma de “evitarle distracciones” al pintor, tal como ha argumentado Patrimonio Nacional.
En algún otro medio, hilando con la tradición del retrato de familia real, se ha comparado el retrato de la actual familia real de Antonio López con la del antepasado de Juan Carlos I,  Carlos IV, pintado por Goya. Ni qué decir tiene que poco tienen que ver uno con el otro (ni López con Goya, ni Juan Carlos I con Carlos IV ni la pintura del s. XIX con la del s. XXI), salvo acaso el hecho de que se trata de eso, de un retrato real y de que ambos artistas pintan la realidad más allá de lo que ve la mirada.
Pero no es este retrato el que me ha venido a la mente al leer la noticia, sino otro (uno de mis favoritos del pintor por lo que tiene de conmovedor): el que hizo a su amigo Lucio Muñoz en la terraza de su casa. Un cuadro que tardó en pintar solo un poco más que el de la familia real (veintipico años), que “sufrió” en su superficie los cambios y envejecimiento de suelos y paredes de la terraza. Esa obra transmite como pocas el “proceso de creación” del pintor acompañando el “objeto” pintado en su paso por el mundo, por el tiempo, desafiando el concepto mismo de la pintura en su relación con el tiempo.
El pintor lo terminó años después de que la familia de Lucio Muñoz abandonara esa vivienda y, antes de terminar el cuadro ayudado de fotografías (“la fotografía ha hecho un gran daño a la pintura” ha dicho en más de una ocasión), pidió permiso a los nuevos inquilinos para acceder a la terraza y terminar el cuadro al natural. El “retrato de la familia de Lucio Muñoz” terminó siendo así “La terraza de Lucio Muñoz”, pues en el cuadro no aparece ninguna figura humana. Aún así, el cuadro siguió sufriendo varios cambios y “reencuadres”, con tablas añadidas arriba, abajo y a la izquierda. Pero lo más maravilloso, lo más misterioso es que, de alguna manera, “ahí está” la familia de Lucio Muñoz en su terraza.
Ahora el reto es similar ante el proceso radical de cambios sufridos desde 1996 en la familia real, en el propio pintor y en la época, como integrar esa transformación sin poner patas arriba toda la obra; y además terminar el trabajo en base a materiales recopilados y fotografías de hace casi 20 años. Como culminar el retrato al natural de una escena que ya no existe, de unos personajes que ya no son reales, que ya son historia, ficción. Ése es un reto que no tiene fácil solución, un desafío que nada tiene que ver con evitar “distracciones” y que el traslado a Palacio, por muchas comodidades que se ofrezcan, incluido un estudio con luz del norte, a duras penas pueden subsanar.
La prensa lo ha llamado “el retrato sin fin”. Por el contrario, yo estoy convencido de que el retrato está terminado desde hace ya muchos años, que éste será otro retrato, acaso pintado sobre el anterior. Creo que la mejor decisión, frente a la adoptada de trasladar el cuadro a Palacio y conminar al pintor a que lo termine “en un plazo razonable”, sería darlo “oficialmente” por terminado (como da por terminadas algunas de sus obras Antonio López: terminadas pero no cerradas, no “acabadas”, dejando abierta la posibilidad de proseguir el trabajo en el futuro, pero sin planes). Exponerlo en el lugar que le corresponda y poder disfrutar de su visión en su estado actual, al parecer ya muy avanzado. Y dejar al pintor la entera libertad de proseguirlo en un futuro o no.

Antonio López en el Ateneo Madrid XXI

ALopez-2b
Hace unos años el Ateneo Cultural Madrid XXI acogió un taller de pintura dirigido por Antonio López. El pintor, socio de los Ateneos, se ofreció desinteresadamente a realizar el curso. A petición de Sara Montero y Joanen Cunyat del Ateneo y la revista Foros21, participé en la organización del curso y las tertulias que a lo largo de la semana el pintor compartió con los participantes. Edité un resumen de las jornadas a partir de grabaciones ocasionales de la realizadora Mapi (“Yo soy Bea”), del director de cine Iñaki Arteta y mías. En los próximos días colocaré aquí el “resumen del resumen” con algunas de las reflexiones más interesantes del maestro a “pie de caballete” y que creo sirven para comprender un poco mejor mi preocupación por esta noticia sobre el retrato real. Aprovecho para agradecer al Ateneo el que hubiera pensado y confiado en mí para colaborar en la organización del curso.

Categories: Actualidad, Pintura

Un comentario

  1. doli dice:

    Buen artículo, lo comparto en face.Besitosss

Escribe un comentario